15.6.06

Polémica olímpica

Por Fernando Horowitz (*)

Nadie ignora el inmenso poder que los grandes medios de comunicación ejercen sobre el deporte. Esta vez le llegó el turno a la natación ya que la cadena de televisión estadounidense NBC lleva adelante una campaña destinada a que todas las finales de natación de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 se realicen durante la mañana para coincidir con los horarios de mayor audiencia del público norteamericano.

De acuerdo a la información publicada en el diario digital SwinNews, habría una alta posibilidad que se modifique el tradicional cronograma de esta competencia para disputar la fase eliminatoria por la tarde y la carrera decisiva en el turno matutino.

Gigante de las comunicaciones a nivel mundial, la NBC desembolsó 3.550 millones de dólares para adquirir los derechos exclusivos para transmitir estos Juegos, más otros recientes 2.200 para los Juegos de Invierno de Vancouver 2010 y Londres 2012.

Por su parte, la directora de prensa del Comité Olímpico Internacional (COI), Giselle Davies, reconoció las gestiones del canal. “No es algo inusual, es una de las tantas propuestas que debemos considerar antes de tomar una decisión”, afirmó a la agencia de noticias Reuter.

Este tema se inserta en la rivalidad deportiva que enfrenta a las dos grandes potencias de la natación actual, los Estados Unidos –liderados por su máxima figura, Michael Phelps- y Australia, cuyo técnico, Alan Thompson, se mostró muy crítico de una eventual modificación de los horarios de competencia.

"No se debe vender la integridad del deporte, hay que pensar en alcanzar los mejores rendimientos posibles y estar por encima de los intereses comerciales", aseguró el entrenador del plantel aussie que incluye al plusmarquista Ian Thorpe.

(*) Editor del sitio www.eldepornauta.com.ar

Campamento de pueblos originarios en Resistencia, Chaco

“Hemos sufrido todo y queremos que el Estado pare esta situación"

Se cumple una semana del acampe indígena frente a la Casa de Gobierno con el objetivo de que el mandatario Roy Nikisch (UCR) reciba a los delegados de las comunidades. El martes pasado dos mil wichís, tobas y mocovíes arribaron a Resistencia provenientes de todo el interior provincial para reclamar la destitución del intendente de Villa Río Bermejito, la restitución de millones de tierras fiscales adjudicadas a terceros de forma ilegal y mayor presupuesto para el Instituto del Aborigen Chaqueño (IDACh), entre otros puntos.
Si bien el gobernador había anunciado que recibiría a los aborígenes, no aceptó dialogar con los delegados de base de las comunidades y exigió reunirse sólo con el directorio del IDACh, organismo autárquico cuya dirección es elegida de forma directa por los aborígenes. La condición fue rechazada por una masiva asamblea en la plaza 25 de Mayo, frente a la sede oficial, que decidió montar un campamento hasta obtener una respuesta positiva. En tanto, se espera la llegada de nuevos contingentes de las comunidades para reforzar la protesta.
“Se escucha por ahí que el gobernador busca el desgaste de los indígenas. Nosotros estamos en nuestro territorio ancestral, nada más la diferencia que se llama ciudad de Resistencia pero esto es territorio indígena, así que no nos vamos a desgastar porque estamos en nuestra casa. Aquí vamos a permanecer hasta las últimas consecuencias”, declaró el dirigente toba Egidio García, secretario general del IDACh.
Seis semanas de conflicto
La mayor protesta aborigen de las últimas décadas en Chaco comenzó un mes y medio atrás en Villa Río Bermejito con denuncias contra el intendente Lorenzo Heffner (UCR) por no distribuir la ayuda enviada por Nación para los afectados de la inundación del interfluvio Teuco Bermejito. La crecida de esos ríos golpeó a las localidades de Fuerte Esperanza, El Sauzalito, El Pintado, Comandancia Frías y Villa Río Bermejito, obligando a evacuar a 1300 pobladores y afectando a 50 mil en todo El Impenetrable.
"Sabemos que la municipalidad está recibiendo cosas y no se está repartiendo como se tiene que repartir", señalaba el 3 de mayo Seferino Pérez, poblador del paraje Pozo del Bayo, quien caminó decenas de kilómetros junto a cientos de aborígenes de la zona rural para protestar frente al edificio municipal. "Hoy vimos un depósito lleno de cosas, hermano. Yo no sé este intendente. Encima ayer nadie nos atendió. Encontramos la municipalidad rodeada de policías", denunciaba al programa La Señal de la Paloma (Aire Libre Radio Comunitaria) de Rosario.

El movimiento generó la solidaridad de otras comunidades y organizaciones de la provincia, en particular la del IDACh. Mientras el gobierno quitaba méritos a las denuncias y Roy Nikisch viajaba por España, una asamblea realizada en Las Palmas con 250 delegados indígenas de Colonia Aborigen Chaco, Río Bermejito, Villa Angela, Sáenz Peña, Pampa del Indio y General San Martín, aprobó el 13 de mayo un plan de lucha para provincializar el reclamo. Y dos días después comenzaron los cortes de ruta en demanda de una audiencia con el gobernador.

Remate de tierras fiscales

En este marco de protesta también cobraron mayor fuerza las escandalosas denuncias sobre adjudicaciones irregulares de tierras fiscales durante la última década. El 17 de mayo en la Legislatura, dirigentes tobas, wichís, mocovíes y criollos denunciaron decenas de entregas ilegales, en tanto Raúl Vallejos, empleado del Instituto de Colonización, aportó documentación de operaciones de compra de grandes extensiones de tierras por monedas que luego fueron vendidas a gente de otras provincias por cifras millonarias.
“Acá no hay errores, acá hay una política deliberada y planificada, acá hay una asociación ilícita calificada que está perfectamente aceitada”, expresó Vallejos, y fue más lejos: “Esto es genocidio. Y hay que decirlo con todas sus letras, porque a los hermanos se los usa cuando hay elecciones, se los usa para homenajearlos con lágrimas de cocodrilos el día de aborigen chaqueño, incluso el 12 de octubre. Esta es la política de Estado de los hipócritas”.
Según las denuncias, la provincia pasó de 3.900.000 hectáreas de tierras fiscales en 1995 a 1.598.000 en el 2003 y 650.000 en el 2005. El festival de transferencias - como lo calificó el Diario Norte de Chaco - hizo que en un día de 2003 se firmaran 161 adjudicaciones de predios, es decir, a un ritmo de una adjudicación cada tres minutos, en promedio, teniendo en cuenta la extensión de la jornada laboral en la administración pública. Tras el escándalo el gobierno provincial suspendió por 180 días la recepción de pedidos de adjudicación.
Semanas atrás la Fiscalía de Investigaciones Administrativas de la provincia había exhortado al gobierno local a anular las apropiaciones de campos por parte de particulares y empresas de otros distritos, realizar un “saneamiento” del Instituto de Colonización y suspender todas adjudicaciones en trámite.

14.6.06

20 años sin Jorge Luis Borges

Una misteriosa lealtad

Por Guillermo Martínez

Hay dos reacciones típicas, y sólo en apariencia opuestas, que permiten dar medida de la grandeza de un autor después de muerto. La primera es el intento de apropiación de su figura por corrientes estéticas (o ideológicas) contradictorias entre sí, o por las que el autor nunca en vida se hubiera inclinado, una torsión de textos y argumentos en el afán de todos de tener al "nombre" de su lado. La segunda es el ataque empecinado, los sucesivos intentos de erosionar su figura o destronarla. Al erigir a un autor como blanco predilecto, o al oponer contra él, como si la literatura fuera un ring, contendiente tras contendiente, no se hace más que confirmar su dimensión y su peso.
Borges, en estos años, tuvo el privilegio de correr las dos suertes. Los intentos de apropiación no esperaron ni un minuto después de su muerte: Vlady Kociancich recuerda en su reciente libro La raza de los nerviosos la sorpresa que les deparó, a quienes "en la intimidad y en público lo oímos repetir cortésmente pero con firmeza, su convicción de ateo", el solemne funeral religioso con que se lo enterró, con dos sacerdotes, uno por la Iglesia Católica, otro por la Protestante, "como si un solo delegado del otro mundo no bastara para convencernos de que Borges conseguirá alojamiento en algún Paraíso".
Más fundada, más establecida, aunque también discutible, es la postulación de Borges como un representante tempranísimo (y desprevenido) en las filas del posmodernismo. Las citas apócrifas, la permanente evocación de otros textos, los diálogos intertextuales, la idea de que toda escritura es reescritura, la ironía, y aun el hecho de que no escribiera novelas y prefiriera las formas breves, se han tomado como evidencias suficientes. Pero apenas uno se detiene a examinar los procedimientos narrativos de Borges, aparecen otras explicaciones tanto o más razonables.
Es cierto que cuando Borges escribe típicamente acumula ejemplos, analogías, historias afines, variaciones de lo que se propone contar. En "El Aleph" enumera otras versiones posibles de la esferita que contiene a todas las imágenes del universo: el espejo de Merlín, la lanza de Júpiter o una columna de piedra en una mezquita de El Cairo, que encerraría en sí "el atareado rumor" del universo. En "Funes el memorioso" hay también una lista de los casos históricos o legendarios de memoria prodigiosa. Y el cuento "Historia de dos reyes y dos laberintos" estaba precedido, en su primera versión, por un ensayo tres veces más largo sobre los laberintos más famosos de la historia.
Pero en todos estos casos y en cada ocasión en que Borges se rodea de otros textos, los ejemplos que prodiga no son cualesquiera, sino que tienen siempre la misma intención: son ejemplos prestigiosos de alguna tradición universal, están elegidos dentro de una estrategia de inserción de sus textos en lo universal.
Ricardo Piglia, en su ensayo "¿Existe la novela Argentina?" expresa muy bien el dilema común a Borges y a Gombrowicz cuando se pregunta: "¿Qué pasa cuando uno escribe en una lengua marginal? ¿Cómo llegar a ser universal en este suburbio del mundo? ¿Cómo zafarse del nacionalismo sin dejar de ser ´argentino (o ´polaco )?".
De algún modo, siempre se percibe ese complejo que acompaña a Borges: se resigna a escribir sobre los suburbios porteños y sobre compadritos, pero se preocupa por demostrar, a veces con ironía (llama por ejemplo a su Irineo Funes un "Zarathustra cimarrón y vernáculo"), que su "destino sudamericano" es un avatar legítimo de cualquier universalidad. Así, lejos de proponerse, como en los afanes posmodernos, desmantelar la idea de lo universal, de las jerarquías literarias, de tal o cual tradición clásica, hay más bien en Borges un anhelo de pertenencia, de añadirse como un par entre los nombres y obras que más admira. También, y más elemental: Borges siempre se ha definido ante todo como un lector. "Que otros se jacten de los libros que han escrito", ha dicho famosamente, "yo prefiero enorgullecerme de los que he leído". Como a todo lector de suficientes bibliotecas, muy posiblemente lo acometiera a partir de un momento la sensación creciente de que ya no había dónde dejar una marca, de que toda bifurcación del jardín ya había sido transitada. Y por cada idea que se le ocurría, de lo "ya escrito" sin duda acudían a su mente mil resonancias.
Borges dio el paso quizá novedoso, pero no necesariamente "posmoderno", de registrar y exhibir en su escritura estas variaciones en vez de ocultarlas. Todavía una posibilidad más, para mí la más verosímil: Borges tenía una mente poderosamente analítica, con una tendencia a lo clasificatorio, como se deja ver en sus ensayos, y un modo de concebir la tensión entre lo genérico y lo concreto cercano a lo científico. Escribe en Historia de la eternidad : "No quiero despedirme del platonismo (que parece glacial) sin comunicar esta observación con la esperanza de que la prosigan y justifiquen: lo genérico puede ser más intenso que lo concreto .
Casos ilustrativos no faltan. De chico, veraneando en el norte de la provincia, la llanura redonda y los hombres que mateaban en la cocina me interesaron, pero mi felicidad fue terrible cuando supe que ese redondel era "pampa" y esos varones "gauchos". Lo genérico prima sobre los rasgos individuales". Borges convierte esta observación en método narrativo: al rodear su historia de ejemplos afines, la ficción propia que desarrolla es a la vez particular y genérica, y sus textos resuenan como si el ejemplo particular llevara en sí y aludiera permanentemente a una forma universal. Como se ve, basta rotar un poco el caleidoscopio de citas para tener un Borges posmoderno, uno clásico, uno científico, uno cabalista, uno vegetariano Y el caleidoscopio sin duda ha girado y girado en estos años.
En cuanto a los ataques, se han inscripto en general en esa ley del rencor que ya enunció Ricardo Piglia: "Todo gran escritor tiene en Argentina los días contados". En lo que parece una imposibilidad crónica de parte de nuestro mundo intelectual para pensar más allá de las deprimentes oposiciones del tipo Boca-River, o de concebir la literatura nacional como un parnaso de único trono, se han querido librar los desafíos Borges versus Walsh, Borges versus Puig, o, más recientemente Borges versus Aira.
No hace falta decir lo extraños y patéticos que resultan estos "juegos de guerra" a los lectores que pueden sostener en la mente dos ideas distintas y que nunca encontraron problemas en valorar talentos literarios diferentes entre sí. Sin embargo, la razón profunda de oposiciones más recientes a Borges debe buscarse en otro lado. Borges, más que cualquier otro autor contemporáneo, plantea la cuestión, difícil de abordar para la crítica, del genio literario (hasta tal punto que la crítica académica hasta el 65 -cuando ya estaba escrita casi toda su obra- seguía ignorando su nombre). Borges es, a la vez, el modelo de un tipo de literatura precisa, o más aún, eximia, libresca, que se inspira en las tradiciones literarias y tiene ambición universal.
Uno por uno, todos estos rasgos provocan aversión o fastidio en algunos de los nuevos grupos literarios. Enrolados en la teoría del "rendimiento decreciente", según la cual, como es cada vez más difícil escribir grandes obras, mejor ni siquiera intentarlo, o bien en la también novísima y consoladora idea de que escribir "mal" está bien y escribir bien está mal, la figura de Borges es un recordatorio molesto de que el talento no sea quizá, como suponen, tan democrático, ni una cuestión de lobbies académicos que pueden a discreción alzar o bajar pulgares. Para algunos irritación, para otros estímulo, Borges nos recuerda en cada relectura que el genio literario existe y pudo hablar en argentino. ¿Quiere decir esto que a Borges no se lo puede criticar? Muy por el contrario. La contracara de estas lecturas enconadas y mezquinas es lo que Saer ha dado en llamar el fenómeno de "religiosidad popular" en torno a Borges, en que se lee su obra como los cabalistas leen la Biblia, creyendo que todas las perfecciones están allí, y que si no las vemos es porque no hemos pensado lo suficiente, o no tenemos el grado de fe necesario. Que nada sobra, que nada falta, que todo tiene una razón de ser.
Que no puede haber error y que estamos ante la summa literaria. Borges ha escrito en su famoso ensayo "Sobre los clásicos" que clásico es aquel autor que los pueblos o naciones "han decidido leer con previo fervor y una misteriosa lealtad". Veinte años después él mismo se ha convertido en clásico. Quizá llegue ahora el turno de que se lo lea sin previo fervor, sin previo rencor. Sólo con lealtad.

Otra vuelta de tuerca

Por Horacio Salas

Se había anticipado en exceso: diecisiete años. En el verso final de su "Elogio de la sombra ", de 1969, pese a su declarado agnosticismo, escribió: "Pronto sabré quién soy". Acaso lo supo a las siete y cuarenta y siete de esa mañana del sábado catorce de junio de 1986 en su departamento, cerca del sitio donde había transcurrido su adolescencia, en el barrio antiguo de Ginebra.
Un edificio cuyo vestíbulo de entrada -paradojas del destino- se encuentra tapizado por aquellos espejos que tanto horror le infundieron desde los días de su infancia. ("Dios ha creado las noches que se arman/ de sueños y las formas del espejo/ para que el hombre sienta que es reflejo/ y vanidad. Por eso nos alarman." ) El fin le había llegado, lejos del macabro show mediático que -con razón- imaginaba habría de producirse en Buenos Aires alrededor de su agonía y su muerte, tan distante de la discreción y pudores que había practicado a lo largo de su vida.
Lo acompañaban María Kodama y Héctor Bianciotti, quien se encargó de traducir esos últimos momentos. "Murió muy lentamente y en silencio, como un reloj de arena que se vaciara" definió en Como la huella del pájaro en el aire. Hasta dos días antes, la conversación del agonizante había girado -como siempre- en torno a la literatura, el monotema que había encendido su charla a lo largo de esa vida que pocas semanas más tarde habría llegado a los ochenta y siete años.
La dilatada biografía había tenido su inicio el 24 de agosto de 1899 (los partos entonces se efectuaban en el domicilio) en una casa del centro de la ciudad, ubicada en Tucumán 840, que había cobijado hasta seis esclavos "y tenía, como todas, dos ventanas con su reja de hierro, el zaguán, la puerta cancel y dos patios. En el primero, que era de mármol blanco y negro, estaba el aljibe, con una tortuga en el fondo para purificar el agua", según evocó el propio Borges.
El niño era hijo del matrimonio de Jorge Guillermo y de Leonor Acevedo, y fue bautizado con el nombre de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges. Entre las dos fechas: aquella fresca jornada de agosto al finalizar el siglo XIX en Buenos Aires, y el caluroso día de su muerte en el cantón suizo de Ginebra, Borges trazó una obra cuya luminosidad, en la práctica, sólo ha conocido detractores y retaceos en su propia patria, en general por razones extraliterarias.
Fuera de las fronteras, estos rechazos sorprenden, desconciertan. Varios nombres mayores de la literatura se han reconocido, se reconocen, deudores borgeanos. Los ejemplos son múltiples e interminables: a manera de muestra se puede recordar que Michel Foucault, para sus tesis de Las palabras y las cosas , parte de una frase tomada de un cuento de Borges; Umberto Eco, en su novela El nombre de la rosa burila permanentes guiños de homenaje al creador de "El Aleph": uno de los protagonistas es un bibliotecario ciego, cuyas iniciales son J. B., quien administra un tesoro bibliográfico protegido por un laberinto; el mexicano Carlos Fuentes fue contundente: "sin la prosa de Borges -dijo a fines de los años sesenta- no habría, simplemente, moderna novela hispanoamericana"; por su parte, Augusto Roa Bastos aseguró que pese a las acusaciones recibidas, Borges es el único autor latinoamericano realmente revolucionario, "porque su revolución del lenguaje ha sido la única irreversible y transformadora que se ha dado en el continente".
En 1965, el novelista norteamericano John Updike ( Corre conejo), introductor de la obra borgeana en los Estados Unidos, se interrogaba sobre si el acceso a la obra de Borges no llegaría a producir un giro entre los escritores de su país, que pudiera ser "como una guía para salir del estancado narcisismo y del estado de lamentable desperdicio en que se encuentra la narrativa norteamericana actual".
Por su lado, el crítico francés Jean Ricardou aseguró que la influencia del autor de Ficciones resultó decisiva entre los creadores del nouveau roman, como Robbe-Grillet, Michel Butor y Claude Simon. En la Argentina, pese a que Borges carece de discípulos, (porque cualquier intento de emularlo sólo ha tenido -y tiene-, por su estilo inimitable, destino de caricatura) su influencia en las generaciones posteriores resulta imposible de negar. Incluso muchos le han calcado vocablos, giros y adjetivaciones, hasta para denostarlo.
En las postrimerías de los años cincuenta surgió en el país una generación de poetas, narradores, cineastas, dramaturgos y plásticos, que con criterio cronológico la historia cultural ha designado Generación del 60, para la cual Borges representaba un paradigma estético, aunque no compartiesen su postura política. Esa huella se advierte en el cuidado estilístico de muchos jóvenes narradores y en el coloquialismo de buena parte de los poetas que publicaron por entonces sus primeros libros.
Ciertos desplantes reaccionarios ni siquiera provocaban demasiada indignación (esperable en un contexto tan politizado): se conocía su espíritu irónico y hasta el golpe de 1976, se le dejaban pasar como exageraciones o juegos sus elogios a la censura o su culto por los entorchados y las hazañas bélicas.
En tanto, se aguardaba cada nueva publicación con renovada expectativa, algunos porque esperaban un tropezón ideológico que permeara sobre su obra, otros porque intuían un enriquecimiento, una mirada original sobre algún tema remanido, una idea iluminadora, un destello destinado a zonas privilegiadas de la memoria.
A partir de la obtención del Premio Formentor, que compartió con Samuel Beckett, en 1961, el nombre de Borges produjo primero curiosidad y luego, como corolario, trascendencia internacional. Hasta ese momento, fuera de traducciones francesas y una antología de cuentos vertidos al italiano, era poco lo que se sabía de su obra. Pero con motivo del galardón, aparecieron en pocos meses versiones al inglés y al alemán. Fue el comienzo de una cadena de reconocimientos: se multiplicaron ensayos sobre su obra, incontables tesis universitarias se centraron en minucias de su literatura, se reiteraban los doctorados honoris causa , su nombre aparecía una y otra vez entre los candidatos al Nobel. La fama lo había alcanzado. Sin embargo, esos oropeles que rodeaban "al otro Borges", no le alcanzaban al Borges real, el hombre, para orillar cierta mínima felicidad. "Al otro Borges es a quien le ocurren las cosas [ ] Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica", escribió hacia 1960.
Doce años después ya era despiadado con su doble: "Minuciosamente lo odio. Advierto con fruición que casi no ve", definió en El oro de los tigres . Porque más allá de su humor, de sus frecuentes ironías, de los lujos de su conversación, de sus brillantes conferencias, de su implacable memoria, de sus desplantes ideológicos, en el territorio de la poesía, allí donde no caben mentiras ni disfraces, en ese mundo de repliegues siempre autobiográficos, Borges elaboraba máscaras para esconder sus frustraciones amorosas, su dolorosa resignación ante la ceguera, su profunda soledad.
Para estas confesiones eligió los rostros de otros escritores (reales o apócrifos) como un instrumento para encubrir sus "humillaciones y fracasos", los verdaderos rasgos de su alma: su timidez, su temor al rechazo o lo que él juzgaba sus torpezas sentimentales. Ya en uno de los poemas de El hacedor (1960), escribía tras un seudónimo ( Abulcásim el Hadramí) : El círculo del cielo mide mi gloria, las bibliotecas de Oriente se disputan mis versos, los emires me buscan para llenarme de oro la boca, los ángeles ya saben de memoria mi último zéjel.
Mis instrumentos de trabajo son la humillación y la angustia, ojalá yo hubiera nacido muerto. Parecería no haber demasiada diferencia con el soneto escrito a dos días de la muerte de su madre, en 1975: "He cometido el peor de los pecados/ que un hombre puede cometer. No he sido/ Feliz [ ] No me abandona. Siempre está a mi lado/ La sombra de haber sido un desdichado".
Más de una vez, Borges abominó de este poema ("El remordimiento") por considerarlo sentimental. Parecía avergonzarse de haber dejado traslucir sentimientos: más cómodo le resultaba buscar nombres literariamente prestigiosos para utilizarlos como disimulados alter egos: Spinoza, Gracián, Whitman, Emerson. Su escepticismo ante el posible número de lectores de poesía lo llevaba a pensar que serían muy pocos los que llegarían a descubrirlo. Tras la muralla de datos reales de las biografías de los retratados, Borges deslizaba, en los intersticios, fragmentos de su propia imagen.
Se había acostumbrado desde muy joven al manejo sutil de la metáfora y el símbolo y ahora echaba mano a una nueva relación con el revés de las palabras, con sus brillos ocultos: la máscara. La máscara no le era nueva: años antes, a exactamente un mes del golpe militar de 1943, que él suponía el triunfo del nazi fascismo, publicó en LA NACION su "Poema conjetural". Utilizando el recurso del poeta inglés Robert Browning en sus Dramatis personae (1864), Borges imagina el monólogo de su ancestro Francisco Narciso de Laprida, que en 1816 había presidido el Congreso de Tucumán, en el momento en que iba a ser degollado por las tropas federales de Félix Aldao. El suceso, estrictamente histórico, le brindó la posibilidad de traducir el contexto que le tocaba vivir en el marco de sus propios temores, para trazar una obra maestra donde desliza su propia circunstancia: "Vencen los bárbaros, los gauchos vencen". Y agrega: "Al fin me encuentro/ con mi destino sudamericano".
Al respecto se ha escrito largamente y nuevos ensayos arrimarán en el futuro otros abordajes al poema, pero con respecto a la aceptación del destino que le había tocado en esta parte del mundo, se pude agregar que a lo largo de toda su vida Borges pudo haberlo eludido; otros escritores contemporáneos eligieron París, más tarde Londres, Barcelona, Nueva York. El autor de Historia de la noche optó por ejercer su "destino sudamericano" y demostró que era posible escribir en argentino, sin prejuicios ni sentimientos de inferioridad, y estructurar una mitología sobre la base de un tema aparentemente menor, como el de los cuchilleros que a fines del siglo XIX habitaban las orillas de Buenos Aires.
"Una mitología ensangrentada/ que ahora es el ayer. La sabia historia/ de las aulas no es menos ilusoria / que esa mitología de la nada./ El pasado es arcilla que el presente/ labra a su antojo. Interminablemente", según definió Borges en uno de los poemas de cierre de su último libro, Los conjurados (1985).
Desde principios de la historia, el hombre inventó la poesía como una forma de homenaje, alivio, catarsis o traducción de ideas y sentimientos, como instrumento de exorcismo y de lucha contra la muerte. También como una máscara autobiográfica. Borges llevó este autoocultamiento a buena parte de su obra; acaso no imaginó que en el futuro un aluvión de chismosos eruditos dedicarían sus afanes a descubrir sus más recónditas entretelas y pudores, o las secretas u ostensibles destinatarias de sus textos.
Existe otra posibilidad: acaso el método constituía sólo otro guiño de un tímido que jugaba una vez más con sus posibles lectores, incluso con aquellos que aún no habían nacido, y de paso daba trabajo al creciente ejército de críticos de todo el mundo dedicados a diseccionar su obra. Mi última visita Nunca fui su amigo. Me hubiera gustado. En cambio, lo entrevisté unas catorce o quince veces en función periodística. Su extremada cortesía siempre permitió el desmedido asedio de los medios y yo no fui la excepción. Borges se encargaba de facilitar el diálogo, en especial si la conversación se centraba en la literatura. Una memoria implacable sorprendía al interlocutor: no titubeaba al citar un texto. Parecía estar leyendo en ese momento las frases de libros que había recorrido hacía décadas. (Debe tenerse en cuenta que desde fines de 1954 su ceguera le impedía leer.)
Su personaje Funes, el memorioso, daba la impresión de ser uno de sus tantos reflejos autobiográficos. Mi última charla en su departamento de la esquina de Maipú y Marcelo T. de Alvear se produjo hacia mediados de 1985. Concluida la grabación televisiva, cuando se fueron los técnicos, me sugirió que me quedase a conversar.
Parecía evidente que no quería estar solo. Bromeó sobre ciertos malos versos de Lugones, al que por otra parte admiraba. ("Son horrorosos", lapidó.) Evocó las calles del Palermo de su infancia, y cuando le conté que yo vivía frente al zoológico, recordó: "La gente entonces lo llamaba Las fieras" , y pareció trazar un recorrido por las viejas jaulas, brindándome una ubicación minuciosa de sus animales preferidos. Le pregunté si era cierto que hacia 1932 había pretendido suicidarse, según le había confesado alguna vez al crítico Donald Yates. Desde la grabación de aquel día, hoy su voz me confirma: "Estoy a punto de cumplir 85 años, lo cual es una exageración. Cuando yo era joven pensaba en el suicidio, pero ahora no tiene sentido, en cualquier momento sucede sin que yo intervenga". Reiteró que le parecía absurdo que se juzgase a un escritor por sus ideas políticas. "No puedo entenderlo", se lamentó.
En los últimos tramos de la charla, próximo a despedirme, me invitó a conocer el dormitorio de su madre y me mostró un retrato en tonos de verde. "Todos dicen que está igual", explicó. Acaso para no desilusionarlo, nadie había querido decirle que la imagen carecía de cualquier parecido con su madre, muerta una década atrás.
Anochecía. Cuidadoso de los modos, me acompañó hasta el ascensor, estrechó mi mano, me pareció que la retenía y mientras cerraba la puerta preguntó: "Yo soy un hombre ético ¿no? ¿Usted qué piensa?" Lo dijo como si no existiera interlocutor, parecía hablar consigo mismo. Meses después viajó a Suiza. No volví a verlo.

10.6.06

A 30 AÑOS DE SU MUERTE, UNA DE LAS ULTIMAS ENTREVISTAS A RINGO BONAVENA

"Dios me hizo boxeador"

El 22 de mayo de 1976 murió asesinado en Estados Unidos el boxeador Oscar “Ringo” Bonavena. Fue uno de los personajes más pintorescos generados por este país, un pibe de barrio que llegó al estrellato mundial. En este reportaje publicado en Uruguay en los momentos finales de carrera, las pinceladas esenciales de Ringo: el Once, su vieja, las siete milanesas y el perro boxer.

Por María Esther Gilio

“Yo le gano a ése. A ése y a cien como él”, dijo Ringo; y miró hacia la cámara con expresión desafiante. Pero enseguida sonrió y guiñó un ojo. “Ringo ahora saluda”, explicó el locutor, como si los televidentes fueran ciegos. “¿A quién está dedicado ese saludo, Ringo?” “A los pibes de mi barrio. A los pibes de Boedo que me están mirando”, dijo; y volvió a sonreír sin saber muy bien hacia qué cámara dirigir la mirada.
Dos días después se entrenaba en el Luna Park. Un portero guardaba fervorosamente la entrada del gimnasio. Cualquiera podía creer que detrás de esa puerta se encontraba el jardín de las Hespérides. Tan celoso era su cuidado, tan ansiosas las miradas de los que quedaban fuera. Cuando Ringo, después de dos horas, apareció distribuyendo sonrisas de héroe cansado, una ola de excitación recorrió a los chiquilines que también desde hacía dos horas husmeaban la entrada y conjeturaban sobre entrenamientos, campeonatos, zurdazos y dólares. Ringo se dejó palmear por uno, simuló tirar un puñetazo a otro y girando rápidamente me emplazó con su índice. “¿Usted es la uruguaya? ¿Así que quiere hacerme un reportaje en casa de mi vieja? ¿Sabe una cosa? Eso fue lo que más me gustó. Eso... que quiera conocer a la vieja. Venga, tengo la cachila afuera.”
La cachila, un Mercedes sport blanco tapizado en cuero negro, sin desmedro, podía integrar las ensoñaciones del emir de Kuwait. Ringo se acercó y le palmeó el capot con aire tierno. “Seis millones”, dijo. “¿De dólares?” pregunté distraída. “¡Ah, no! Pero usted está loca...” y acercándose con mirada interrogante: “Digame, ¿es buena periodista usted?”.
–¿Por qué? ¿Solamente se entrega a los buenos? –pregunté.
–No... pero como además es mujer... Suba.
–Quédese tranquilo... mis amigas dicen que soy buena.
–Mis amigos también, pero yo tengo...
–Sí, muchas copas y medallas para demostrarlo.
–Eso es. Y empresarios que me pagan cualquier plata.
–Un millón.
–¿Un millón? Por un millón no levanto este dedo. Quizá veinte millones por una pelea. Hace poco gané en una noche veintiséis millones –dijo. Y se quedó mirando la cara que yo ponía. Para no decepcionarlo abrí la boca extasiada.
–¡Ah!...
–¿Vio? –dijo, y pegó un frenazo que me tiró contra el parabrisas.
–Ringo... no se olvide que aquí adentro hay un campeón.
Sonrió.
–Yo manejo rápido. ¿Tiene miedo? Este auto da más de doscientos. ¿Por qué no empieza con las preguntas?
–¿Qué cree que estuve haciendo hasta ahora?
Volvió a mirarme con expresión desconfiada.
–¿Será buena periodista usted?
–Soy mala... pero muy honesta.
Soltó una carcajada.
–Ahí me hace acordar a la vieja que siempre quería hacerme entrar con alguna muchacha fea pero muy trabajadora.
Estábamos rodeando Plaza de Mayo. Ringo había aminorado la marcha del auto y miraba atentamente hacia un grupo de chicos y palomas.
–¿También usted venía aquí de niño, a dar de comer a las palomas?
–De pibe venía, sí... y ahora también vendría... uno siempre tiene algo de pibe. Yo veo a los chiquilines pateando una pelota o remontando un barrilete, y se me van las manos. Uno siempre tiene dentro algo de cuando era chico... y eso es lo mejor. Mire esos pibes con las palomas. ¿Usted se cree que a mí no me gustaría estar allí con todas las palomas alrededor?Que alguna se me viniera arriba... bien confiada... y cuando menos se lo espera ¡chácate!, dejarla dormida de un manotazo.
–¿Qué?
–Mire, yo tengo un 28, un 22 y un Winchester, pero me gusta la honda. ¡Qué me vienen a mí con la caza mayor! No hay como la honda.
–¿Era muy peleador de chico?
–Me peleo ahora, ¿no me iba a pelear cuando era pibe? Vea ese idiota; ése, allí adelante, que no me deja pasar... (Gritando.) ¡Cara de mandarina! (Riendo.) Le digo eso porque estoy con usted, si no...
–¿Nunca llega a las manos?
–¿Usted está mal? Está prohibido, un boxeador no puede. Pero de chico me saqué las ganas. Peleaba en todas partes, en las canchas, en la escuela.
–¿Cómo le surgió la idea de hacerse boxeador?
–(Se tapa la cara.) Yo cuando era chico tenía la misma cara que ahora. Todos me decían: ¿Vos sos boxeador, pibe? y la vieja siempre me disfrazaba de boxeador. Dios me hizo boxeador. Bueno... yo digo Dios como puedo decir mi mamá.
–Dios y su madre... más o menos lo mismo.
–A Dios no lo conozco, a mi vieja sí. Es lo más grande que hay. (Y quedó por algunos minutos totalmente ausente.)
–Se quedó muy abstraído, Ringo, ¿en qué estaba pensando?
–Estoy pensando que si mi hija nace el mismo día que yo es un fenómeno.
–Aunque no nazca el mismo día, igual es un fenómeno.
–¿Vio? ¿Lo va a decir?
–Seguro.
Habíamos dejado el centro y atravesábamos el Once. El grito de “chau Ringo” se hizo entonces tan frecuente que casi no hablábamos.
–Por aquí lo conoce todo el mundo.
–Estoy entrando en mis barrios, aquí soy un ídolo.
–Las mujeres lo deben volver loco.
–Nooo... además, yo a las mujeres... poca bolilla. (Se llevó el pelo hacia atrás con los dedos entreabiertos.) Mire para enfrente. ¿Ve esa casa? Me la acabo de comprar. Ahora le estoy haciendo pileta. Es barrio berreta pero estoy cerca de la casa de la vieja, me río del mundo.
Dos cuadras más adelante detuvo el auto, señaló hacia la derecha y dijo: “Aquí vive la vieja”. Tenía el aire de estar diciendo: “Aunque parezca mentira todavía existen los milagros, mi madre vive allí, en esa casa que parece igual a todas”. Bajamos y, sin golpear, entramos. Dos señoras y un boxer nos salieron al encuentro dando grandes muestras de contento. “¡Tití! –decía una de las señoras– ¡sólo tengo milanesas!” Me como siete –dijo Ringo, sin ánimo de broma. Pasamos a la cocina. Todo se agitaba alrededor del campeón. Eran las tres de la tarde pero la cocina volvió a encenderse y la heladera a abrirse y cerrarse. Aparecieron las milanesas, pero también ensaladas, quesos, choclos, papas, buñuelos, sopa, vino (por supuesto con soda), y ante mí, que había aceptado un café, un tazón colosal rebosando café negro. Ringo comía, toreaba alternadamente a la madre y al perro, y respondía a mis preguntas.
–Cuénteme su primera pelea.
–¿Te acordás vieja? Yo era un pibe, tenía diecisiete años. (Quedó en suspenso, con el tenedor a medio camino hacia la boca, creo que enternecido por su propia imagen de nueve años atrás.) Un pibe con unas ganas locas de pelear. Tiré piñas por todos lados... No veía, le pegué hasta al referí. A mi manager no le pegué porque me agarró la mano a tiempo –dijo y volvió a concentrarse en la comida.
–No se olvide, diga que mi perro es un boxer.
–Bueno.
–Mírele la cara. Tiene cara de boxeador como yo.
–Tiene. ¿Cuál fue su mejor enemigo?
Ringo levantó la cara y volvió a mirarme con las cejas juntas. Creo que por tercera vez quería preguntarme: “¿Será buena periodista, usted?” Le sonreí. Desfrunció las cejas, y balanceando la cabeza en un gesto de “hay que tener paciencia, es mujer”, se dispuso a contestarme.
–Un peleador no piensa en eso. El termina la pelea y chau, mejor dicho, al otro día va a cobrar y chau.
–Es decir, que una pelea nunca da origen a una especial relación entre los que intervienen, ya sea de amistad o enemistad.
–¿Quiere decir si alguna vez me hice amigo del que peleó conmigo?
–Sí.
–De José Georgetti. Era un gordo fenómeno. Andaba en la mala, no acertaba una. Peleamos y a mí me descalificaron, decían: “Le ganó a Ringo”. Con eso repuntó bien, le volvieron a dar buenas peleas. En la casa colgó un retrato mío. Cuando yo peleo viene a verme y me dice: “A ése tenés que darle con la zurda” o “no le des mucho al principio, cansalo”... y todo por esa pelea.
–Mientras pelea, ¿oye lo que el público le grita?
–Cuando recién empecé oía como quien oye llover. Tenía menos responsabilidad, me quedaba tranquilo. Ahora es distinto.
–¿Y qué le gritan?
–¡Vieja! Vení, oí, mirá si le voy a decir lo que me gritan.
La madre se acercó y dijo: “A veces se acuerdan de mí”.
–Eso sí que me da rabia. Pero lo que más me gritan es: “Dale, maricón, anda a dormir a tu casa...”
–¿Cuáles son las condiciones más importantes para un boxeador?
–Que sea guapo y que sepa crear arriba del ring.
–¿Qué quiere decir eso?
–Sí, no debe esperar lo que le diga el manager. El manager le dice: “Pegale al hígado, al estómago”. Hay algunos boxeadores que oyen, y le meten nomás al hígado, y eso está mal. Hay que pegar por otro lado, más arriba... y cuando el tipo se descuida, chau, darle al hígado.
–Usted tiene fama de fanfarrón.
–Soy muy fanfarrón.
–¿Nunca tuvo miedo?
–¿Arriba del ring? No.
–¿De verdad?
–¡Arriba del ring no! –y luego riéndose a carcajadas–: Tengo miedo arriba del avión. Si tuviera ese miedo cuando peleo no podría pelear.
–Vamos a pensar que usted sube al ring. Al tipo con el que va a pelear nunca lo vio antes o lo vio de lejos. En cuanto lo ve, ¿tiene ganas de pegarle o las ganas le van viniendo de a poco?
–No, no, yo trato de tenerle rabia para poder pegarle con ganas. Por ejemplo que en el diario o en la radio haya dicho “A Ringo yo lo mato” o algo así.
–¿Habla mientras pelea?
–Yo no soy de hablar mucho.
–¿Otros boxeadores, sí? ¿Qué dicen?
–Y... pueden decir “mientras vos estás aquí ¿sabés con quién está (disculpe) acostada tu novia?” o cosas por el estilo.
–Cuando termina una pelea, ¿qué tiene ganas de hacer? ¿Qué hace?
Ringo se da vuelta y mira a la madre que no ha dejado de trajinar a su alrededor llevando y trayendo platos. “El Tití siempre viene para casa después de las peleas”, dice la madre. Y luego Ringo: “¿Vio?” “Sí –añade la madre–, ¿pero quién hizo el sacrificio para formar ese cuerpo?”
Yo no entendí bien y quedé mirándola. A su vez Ringo quedó mirándome a mí. Por fin dijo:
–Pero mire que usted es buenas noches... La vieja le quiere decir que este cuerpo lo hizo ella. Estos noventa y tres kilos a la sombra. ¡Toque!¡Toque aquí! –y se acercó con el brazo doblado– ¡Pero toque bien que no muerde!
–¡Fantástico!
–Dijo bien. Fantástico.
Volvió a sentarse y comenzó a comer la fruta.
–Cuénteme cómo fue la pelea con el campeón mundial, en Estados Unidos.
–Qué quiere que le cuente, si no vi nada. Me dio cada piña que no sabía ni cómo me llamaba. Mala noche, malísima –dijo y con el sifón echó un chorro de soda al perro que ladró sorprendido–. ¿Sabe cómo se llama mi perro? Se llama Ringo como yo.
–¿Y usted cómo se llama?
–Oscar Natalio Bonavena.
–¿Conoció a Cassius Clay en Norteamérica?
–Sí, pero de lejos en un gimnasio. Yo le grité: “A vos te mato”.
–¿En español?
–No, en inglés: “I Kill You”.
–¿Sabe inglés?
–¿Usted está mal? Hace un rato... ¿le quedan muchas preguntas? Porque pájaro que comió, voló.
–Ya termino. Hace un rato hablábamos del momento en que usted se enfrenta con el otro, arriba del ring. Supongamos que están peleando y el otro ya medio grogui se cae al menor golpe. Usted sabe que lo que correspondería sería que el manager tirara la toalla y la pelea terminara, que el otro ya no es nada. ¿Qué siente en ese momento?
–Una vez estaba peleando con un tipo que estaba así como dice usted, lo tocaba y se caía. De golpe me di vuelta y le tiré un trompazo que si lo agarro hay que hacerle la estética.
–¿Al pobre tipo?
–¡Al manager! Me lo tuvieron que sacar... quería matarlo. Hay cada criminal. Otras veces uno está tan caliente que no se da cuenta de cómo está el otro y puede deshacerlo sin querer.
–Seguro... supongamos que la pelea termina en este momento, usted ganó, el juez le levanta el brazo, ahí en el suelo fuera de combate está el otro. ¿Siente lástima?
–Yo gané, el juez me levanta el brazo y enseguida empiezo a ver la gente que grita, las luces de los fotógrafos. Levanto la cabeza y me olvido del otro. No tengo nada más que ver con ese tipo. Si después me lo encuentro abajo le digo: “Estuviste bien, guapeaste”, para alentarlo, ¿me entiende?
–En ese momento se siente muy feliz.
–Sí. Pero no porque lo rompí todo al otro, de él no me acuerdo más. Venga que le voy a mostrar la casa que le regalé a mi vieja.
Me la enseñó paciente y ordenadamente, explicando las mejoras, los arreglos, los costos. La madre nos seguía ensimismada a ambos –la casa y Ringo– mientras sonriendo, asentía con la cabeza. Ringo se detuvo de pronto, y señalando con aire severo un saco que ésta llevaba puesto dijo: “¡Mamá!, ¿no te dije que ese saco lo tiraras? ¡Dámelo!” Con el gesto de estar partiendo una hoja de papel lo abrió de lado a lado y riendo se lo puso al perro de bufanda. “No –dijo la madre– es lindo porque con la calor...”
–¡Vieja! ¡No se dice “la calor”! El calor, el calor. No me haga pasar vergüenza delante de la uruguaya.
Ninguna vergüenza campeón, ilustre imagen de antiesnobismo, seguro huésped al Reino de los Cielos.


Esta entrevista que ya tiene como 35 años, o más, sigue intacta y es en sí misma un curso completo de periodismo, y un ejemplo de que es a través de la sencillez cómo se llega a la belleza en este negocio.

9.6.06

Humor:

Sobre clavos...

Un prospero fabricante de clavos, tratando de ampliar su negocio, decide armar una estrategia publicitaria a nivel internacional. Luego de recorrer varias agencias, decide encargarsela a una agencia publicitaria de Galicia, por ser la mas barata. "Mire, amigo, mi empresa se dedica a la fabricacion y venta de clavos, quiero una publicidad para los medios televisivos, que destaque y haga hincapie en la calidad de mis clavos." "No se preocupe", le contesta el gallego, "para la semana que viene se la tengo lista."
A la semana siguiente, el empresario vuelve a la agencia, y el gallego le presenta una muestra de un aviso televisivo que, con medio minuto de duracion, muestra una escena de la crucifixion de Jesucristo. La Virgen Maria aparece llorando a los pies de su hijo, los soldados romanos burlandose y Jesus clavado en la cruz.En lo alto de la cruz, donde generalmente aparece la inscripcion "INRI", aparece la leyenda: CLAVOS "GONZALEZ".
El empresario al verlo se pone como loco y le grita furioso al gallego: "Pero que hizo, animal!!!!? Usted de veras pretende poner este aviso en los mejores medios del mundo!!!? La tercera parte de la poblacion mundial es Cristiana: ¡no me va a comprar clavos nadie!!!" El gallego, asustado, le contesta: "Disculpe, entonces que clase de aviso quiere??" "Uno que destaque la calidad de mis clavos, hagalo como quiera pero ni en pedo ponga a Cristo clavado con mis clavos!!!", grita el hombre y se va.
A la semana siguiente, el tipo vuelve a la agencia y el gallego le dice:"Mire, ya le tengo el nuevo aviso, como usted lo queria." Y le proyecta el nuevo aviso. En el mismo aparece Jesus, semidesnudo corriendo por las calles, huyendo de una horda de soldados romanos que lo persiguen. Al final del aviso, mientras corren tras Jesus, uno de los soldados le dice al que corre a su lado:
"Te dije, boludo, te dije que usaramos Clavos "Gonzalez"!!!

Se fue un tipo extraordinario

Su documento de identidad decía que mi viejo nació un 25 de agosto de 1933, aunque en realidad su cumpleaños era el 23 de agosto, se ve que ...