22.7.07

20 AÑOS DE TEA

SE ENTREGARON LAS DISTINCIONES ´AL MAESTRO CON CARIÑO´


LA CEREMONIA REALIZADA EN EL COMPLEJO "LA PLAZA" FUE EL INICIO DE LAS CELEBRACIONES POR LOS 20 AÑOS DE LA ESCUELA DE PERIODISMO.



Por Carlos Ferreira



El pasado martes 17, en la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza, homenajeamos una vez más a maestras y maestros del periodismo, de la comunicación, del arte, de la vida. Fue una noche distinta a pesar de que se trataba de la vigésima entrega de lo que Carlos Ulanovsky, uno de los fundadores de TEA, llamó “Al maestro con cariño”. La clásica entrega de la manzanita, antiguo símbolo del agradecimiento a quienes nos enseñaron ideas, conceptos y actitudes que nos acompañaron para siempre, fue, también, una forma de premiar a TEA. Porque la escuela cumple 20 años de existencia y tiene por costumbre ejercer el goce de dar, de reconocer a otros como una forma de ir reconociéndonos en ellos.

Fui el encargado de abrir la apertura de la entrega. Las palabras pronunciadas fueron:"Hace dos décadas, para ser exactos un 6 de abril de 1987, en el auditorio de SEGBA, Jorge Manzur y Adrián Paenza dieron la primera charla de lo que hoy es la materia Introducción al Periodismo y la Información. Al día siguiente nos tocó iniciar las clases por grupo. Julio Bárbaro nos había prestado una vieja casona en la calle Salta 327.

Durante meses, los fundadores, Juan José Panno, Carlos Ulanovsky, Osvaldo Pepe, Carlos Ares y quien escribe estas lineas nos reunimos por las mañanas en ese lugar. Carlitos da Silva y su esposa, el entrañable matrimonio que cuidaba la casa y que heredamos junto con el lugar, nos servían un café cargado –y nunca pudimos saber cargado de qué- y unos mates que eran un poco mejores. Desarrollamos el plan de trabajo, recibíamos a los muchachos y muchachas que se acercaban a pedir informes y nos preguntábamos qué hacer cuando llegaran lo que para nosotros iban a ser treinta o cuarenta alumnos. Finalmente llegaron 120, que dividimos en cuatro comisiones.

La fría noche del martes 7, a las ocho en punto, cada uno de nosotros entró a su respectiva aula. Hasta hoy, ninguno recuerda una sola palabra de lo que dijo frente a esas 30 miradas que parecían esperarlo todo de nosotros. Juan José Panno, a los cinco minutos de clase se sacó el saco. Un alumno, muy respetuoso, le preguntó si acostumbraba a desabrigarse cuando hacía frio. Hoy, Panno sigue confesando que ni siquiera se había dado cuenta de lo que había hecho. Cuando escuchó la observación se puso el saco y admitió que los nervios le habían jugado una mala pasada y que, efectivamente tenía frio.

En lo que a mi respecta, para poder sostenerme parado decidí apoyar la espalda en el pizarrón, pero aún así sentí que era poco sustento para mis nervios, de manera que manché prolijamente la pared recién pintada apoyando la suela del zapato derecho en una actitud supuestamente canchera. Lo que no advertí es que así di la hora y cuarto de clase, para mal de mi único apoyo, la pierna izquierda, que, irremediablemente, se había dormido como un bebé. Cuando terminó esa primera parte nos reunimos en un pequeño cuarto que oficiaba de sala de profesores. Roberto Fernández, que actualmente sigue siendo profesor de la escuela, llegó demudado. Se tranquilizó cuando vio en nosotros todo tipo de palideces. Alguien dijo entonces:“Yo ya dije todo lo que sé” y los demás asentimos. Sobrevivimos a un cafecito más de Da Silva y diez minutos después volvimos a las aulas. Y no nos fuimos más hasta hoy. Es decir: seguimos aprendiendo, seguimos enseñando este querido oficio con la misma alegría.

Seguramente no todos los que pasan por las aulas de TEA serán periodistas, pero nos gusta pensar que saldrán de aquí siendo lectores más atentos, más críticos, más observadores, más comprometidos con la realidad que los rodea y, por eso, mejores personas, mejores ciudadanos a partir del uso de las heramientas del oficio. TEA cumple veinte años y parece increíble. Hemos acompañado dos décadas del país que fueron de una intensidad como acaso sólo los argentinos podamos comprender. Pero la tarea está siendo cumplida: siguen saliendo de nuestras aulas muchachos y muchachas que inician el camino que nosotros empezamos a recorrer en los años 60. Lo hicimos, lo seguimos haciendo, con ética, pasión y trabajo.


Los Maestros reconocidos:


En esta oportunidad recibieron manzana y diploma Eduardo Aliverti, Jorge Boccanera, Juan Carlos Camaño, Norma Dumas, Julio Ricardo, María Moreno, Alberto Morlachetti, Carlos Pacheco, Osvaldo Pepe, Enrique Pinti, Marisa Ramón Badía, Daniel Vilá, Arturo Peña Lillo y Horacio Salgán (estos dos últimos ausentes con aviso).Al acto asistieron también un centenar de maestros reconocidos en las 19 entregas anteriores de esta distinción otorgada por TEA y Deportea a figuras del periodismo, del arte, de la comunicación y de la vida.

Fue una cálida ceremonia de reencuentro con referentes del periodismo y la cultura, entre ellos Eduardo Ferro, Rogelio García Lupo, Roberto Cossa, Lita Stantic, Luis Farinello, Ricardo Halac, Clara Zappettini, Juan Carlos Cernandas Lamadrid, María Ester Gilio, Isidoro Gilbert y Graciela Mancuso.

Ana Villarreal, secretaria de derechos humanos de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (Utpba), fue la encargada de recibir una de las manzanas que, desde 1997, la escuela otorga para recordar a los periodistas desaparecidos.El coreógrafo y director Ricky Pashkus entregó el reconocimiento a Pinti; César Salgán recibió en nombre de su padre, y Jorge Gurbanov, editor de Ediciones Continente, lo hizo en nombre de Peña Lillo.Además, durante el acto tocó la orquesta típica de tango Cerda Negra.

20.7.07

A LOS 62 AÑOS, MURIO ROBERTO FONTANARROSA, ESCRITOR Y DIBUJANTE EXCEPCIONAL


El imposible adiós a un verdadero grande


Acosado por una enfermedad neurológica, Fontanarrosa afrontó sus últimos tiempos con la misma vitalidad que vibra en sus textos y dibujos. Padre de Inodoro Pereyra y Boogie el aceitoso, autor de una veintena de libros que demostraron su calidad literaria, supo decir lo más profundo de la manera más simple.


Por Karina Micheletto
“Cuando me explicaron de qué se trataba mi enfermedad, lo primero que pensé fue: ¿por qué a mí? Pero después entendí: ¿Y por qué no?”. Así anunció su enfermedad Roberto Fontanarrosa, dos años atrás, en el primer programa que tuvo a mano, el ciclo de entrevistas Tiene la palabra, por TN. Lo contó en público, explicó antes del aire, porque le parecía que ya era tiempo, restándole importancia por completo al asunto. Parecía mucho más preocupado por dejar en claro que sus dichos sobre Rosario Central (“con cada partido envejezco diez años”) no tenían nada de broma. En medio de la irrealidad que siempre supone un estudio de televisión, preparado para albergar palabras que se dicen con la liviandad del “estamos en el aire”, esta cronista recuerda haber vuelto a confirmar, junto a todos los presentes, una certeza colectiva, conmovedora, como fuera de lugar: qué grosso que es este tipo. Roberto Fontanarrosa falleció ayer, después de presentar batalla a una extraña afección neurológica que fue debilitando poco a poco sus músculos, una enfermedad que sabía irreversible y progresiva. Tenía 62 años, más amigos que penas y la lucidez suficiente para ejercer con maestría el más arduo de los oficios: el de decir lo más profundo de la forma más simple, haciendo reír con gusto al menos a dos generaciones.
Los cables de noticias indican que Fontanarrosa murió en una clínica de Rosario, la ciudad que amaba. Que no tuvo que permanecer mucho tiempo internado allí. Y que había pasado la noche anterior entre amigos, compartiendo un asado. Lo cual suena como una especie de consuelo imposible, una forma casi justa –ojalá tal cosa existiera– de muerte. La variante de esclerosis que padecía le fue tendiendo un cerco que afectó primero su brazo izquierdo, y luego dificultó su movilidad, por lo cual en sus últimas apariciones se lo vio en silla de ruedas. Sufría una extraña enfermedad neurológica, “esclerosis lateral amiotrófica”, sin cura conocida. No rechazó ningún tratamiento, desde acupuntura hasta ensayos con células madre, en fase experimental. La noticia de su muerte fue sorpresiva para todos: la arrolladora vitalidad que transmitía el rosarino marcaba un diagnóstico propio y diferente, siempre esperanzado.
Roberto Fontanarrosa nació en Rosario el 26 de noviembre de 1944 y, según decía, desde chiquito fue negro y canalla. A los veinticinco años comenzó a delinear sus dos personajes emblemáticos: Boogie el aceitoso e Inodoro Pereyra, que nacieron en las revistas Tinta y Hortensia. A partir de los ’70 empezó a poner su firma en revistas como Satiricón y Mengano, y pronto Ediciones de la Flor publicó las primeras compilaciones de Inodoro y Boogie. Sentencias como “mal pero acostumbra’o”, “Negociemos, don Inodoro”, o el lacónico “shit” que remataba las aventuras de el aceitoso, pasaron a formar parte del refranero popular. Boogie, precisamente, fue protagonista de las contratapas de domingo en Rosario/12, donde trabajó toda la década pasada y escribió sus “Noticias desde El Cairo”. Pero también brilló en novelas y compilaciones de cuentos –muchos de ellos dedicados, claro, al fútbol– como El área 18, No sé si he sido claro, Usted no me lo va a creer y El mayor de mis defectos. En el último tiempo, relatos como La mesa de los galanes fueron llevados al teatro por distintos elencos, y sus amigos Daniel Aráoz y Coco Silly hicieron que Los cuentos de Fontanarrosa cobraran vida por Canal 7 (ayer, justamente, grabaron un capítulo en medio de la noticia de la muerte). Su maestría lo llevó por las más diversas posibilidades de su oficio, desde cubrir un Mundial de Fútbol hasta ilustrar el Martín Fierro.
Siguió trabajando con el mismo entusiasmo hasta el final: mantuvo el chiste diario en Clarín. También siguió con Inodoro Pereyra, el renegáu en la revista dominical de ese medio, sin renunciar al desafío autoimpuesto: lograr que cada viñeta contuviera un chiste, con remate y todo, formando parte a la vez del relato global de la historieta. La enfermedad marcó cambios inevitables: primero, las letras de Inodoro comenzaron a salir con un programa de computadora que imitaba los caracteres del humorista. Finalmente, en enero de este año, anunció que dejaría de dibujar, y sólo seguiría escribiendo el contenido de sus tiras cómicas. “Fue casi un alivio llegar a esta determinación; me costaba mucho dibujar, y me salía mal. Por ahora mi mano claudicó, no responde como antaño a lo que dicta la mente”, explicó. La solución llegó con otra mano, la de un amigo de años, el cordobés Crist. Así, en el último tiempo, los chistes se pensaban en Rosario, se dibujaban en Córdoba y se imprimían en Buenos Aires, para todo el país.
En 2004, Fontanarrosa fue invitado al III Congreso de la Lengua, que se realizó con toda pompa y circunstancia en la ciudad de Rosario, con la presencia de catedráticos de la más alta alcurnia. Su exposición, que se suponía una suerte de adorno marginal en ese ámbito académico, las palabras de alguien “de otro palo”, terminó siendo lo más recordado del evento. No porque los medios hubieran ejercido su poder de caja amplificadora de lo pequeño, sino porque sus palabras, efectivamente, formaron parte de lo más profundo de la discusión sobre una materia viva como la lengua. “¿Por qué son malas las malas palabras? ¿Le pegan a las otras palabras? ¿Son de mala calidad, y cuando uno las pronuncia se deterioran?”, comenzó planteando el rosarino. En su ponencia abordó la cuestión de “la triste función de los puntos suspensivos” en el reemplzazo de términos soeces, y defendió la potencia expresiva de un carajo o un mierda bien colocados. Hablaba sin recurrir a un texto escrito, en lo que parecía un discurso improvisado, o al menos dicho con la tranquilidad de quien va pensando las palabras en el momento. Pero si logró hacer reír a carcajadas a cada maestra y biliotecaria, y hasta al director de la Real Academia (apellidado, casualmente, García de la Concha), era porque el Negro había trabajado mucho su ponencia. Lo que decía en cada oración, con el ritmo justo para que el auditorio estallara en risas en cada punto, era brillante. Lo mismo ocurría con sus chistes. Nadie se sentía un pelotudo mientras largaba la carcajada.
Una situación similar vivían todos los años los cientos de personas que llenaban la sala más grande de la Feria del Libro, donde Fontanarrosa cumplía con una suerte de ritual, la mesa de humoristas que organizaba De la Flor. El tema era siempre más o menos el mismo: el humor y sus implicancias. El rosarino siempre llegaba con algo preparado, y aunque las dijera como al pasar, sus palabras dejaban picando grandes reflexiones. Decía que disfrutaba muchísimo de esas ferias, aun entre los apretujones de los pasillos repletos, y era fácil creerle, viendo el empeño que ponía en firmar un autógrafo tras otro, frente a una fila de lectores ansiosos que parecía ser siempre igual de larga. “Yo firmo lo que venga”, aseguraba, y contaba que había estampado las cosas más insólitas: papelitos, revistas, camisetas, libros de otro autor. Se tomaba el tiempo para agregar un Mendieta, un Inodoro, lo que el lector pidiera. Era su forma de devolver el cariño que recibía de sus lectores, que lo trataban con respeto y familiaridad a la vez. Como a un amigo.
En cierta medida, el Negro fue un símbolo de un país que alguna vez fue posible, uno de esos seres cuya existencia indican que quizá todavía puede ser posible. Un hombre que manejaba una cultura vastísima, capaz de hacer poesía con Central, o de hacer que la sociedad argentina se reconozca en sus personajes. Un hombre que trabajaba con la sencilla convicción de que podía hablarles a sus lectores de igual a igual, como a seres capaces de reflexionar y reírse con las mismas cosas que él. Por eso sus chistes y textos hacían sentir bien tratado al lector mientras se reía, algo que en estos tiempos de zanahorias para bobos se agradecía como una caricia. No son tantos los que quedan, y un ejemplo pueden ser Les Luthiers, con quienes no por nada el rosarino trabajó durante más de veinte años como asesor creativo.
“¿Por qué a mí? ¿Y por qué no?”, les debe estar diciendo el Negro, desde algún lugar y de alguna forma, con la sonrisa torcida de siempre, a los muchos que hoy lo lloran. Decir que un artista sobrevive en su obra es el más horrible de los lugares comunes para una nota como ésta. Aun así, hay una certeza alrededor de esa posibilidad de reencarnación que solamente se ganan los grandes, que no son tantos. Fontanarrosa podrá haberse muerto, pero todos seguiremos repitiendo: qué grosso que es este tipo.

18.7.07

Woodylona

Por Rodrigo Fresán

UNO Ayer volví a ver a Woody Allen. Digo que volví a verlo porque fue la cuarta vez en pocos días en que me lo crucé por Barcelona. Inconfundible e imposible de confundirlo con otro, idénticamente parecido a sí mismo: el andar tartamudo, el sombrero verde de pescador de fin de semana, los anteojos como marca registrada y esa incómoda felicidad de saberse reconocible y reconocido en cualquier parte del mundo. Es decir: Madonna lejos de los reflectores puede pasar desapercibida, hay tantos modelos como Beckham y el rostro de J. K. Rowling es tan fácil de ignorar. Así, los tres no son nada fuera de su contexto y de su territorio. Pero Woody Allen está –para bien y para mal– condenado a no pasar desapercibido y a ser Woody Allen las 24 horas del día. Así, ver a Woody Allen en la calle, paseando, es ver a Woody Allen haciendo lo suyo. Porque uno ya ha visto y seguirá viendo a Woody Allen pasear, tantas veces, por las calles de sus películas.
DOS Y la cuestión es qué le pasa a uno cuando se cruza con Woody Allen. La pregunta es si se cruza uno con el Woody Allen de sus primeras películas cómicas, con el que se reinventa automitificándose como paradigmático antihéroe intelectual en Annie Hall y Manhattan, con el que alcanza su madurez creativa con la acaso ya irrepetible trilogía compuesta por Hannah y sus hermanas, Crímenes y pecados y Maridos y esposas o con el de la lenta decadencia con espasmos de genio que surgió de entre las ruinas del escándalo Soon-Yi. La respuesta no es sencilla para quien creció con Woody Allen, que siente a Woody Allen como parte de su vida, y que se entusiasma con un retorno a la buena forma en Match-Point para casi enseguida contemplar horrorizado y a través de los dedos que cubren a los ojos la estupidez insalvable de Scoop.
Ahora, cansado de New York (o el cine norteamericano cansado de él), aparentemente cerrado su período inglés (semanas atrás el escritor británico William Boyd me comentaba que sus compatriotas todavía no han asimilado la burda caricaturización con que los retrató el norteamericano), Woody Allen ha aterrizado en España para filmar, hasta el 23 de agosto, lo que ha definido como una “carta de amor” a Barcelona (con posdata a Oviedo, donde se rodarán unas escenas quizá porque esa ciudad alberga una estatua erigida a su genio y gloria) y yo me cruzo a Woody Allen por la calle, a cada rato. Y la gente –niños, ancianos y fans de una ciudad que lo adora desde hace mucho– aúlla “¡Woody! ¡Woody!” pronunciándolo como “¡Vúdi! ¡Vúdi!”. Y ahí viene y ahí va él, con sonrisa de no saber dónde meterse, con esa cara que pone cuando se mete en cualquiera de sus películas.

TRES Y yo –ganado por la Vudimanía y buscando esclarecer el misterio de qué significa Woody Allen para mí aquí y ahora– entré en una librería del Eixample y me compré el Mere Anarchy. El primer libro de Woody Allen –reuniendo ensayos, parodias y relatos principalmente publicados en The New Yorker– en un cuarto de siglo. Había pilas. También había varios ejemplares de The Insanity Defense conteniendo los tantas veces leídos y releídos por mí Cómo acabar de una buena vez por todas con la cultura, Sin plumas y Perfiles. Y la verdad es que hace mucho que no hojeaba los tres primeros y lo cierto es que este cuarto (hojeo ahora los tres primeros, Mere Anarchy no tiene nada que esté a la altura de, por ejemplo, “El episodio Kugelmass”) me produjo una impresión ambigua: el placer del ingenio de siempre y el embarazo de anticipar cada uno de los chistes. Casi casi lo que suele ocurrir con las últimas películas de Woody Allen: una mezcla de déjà vu con jet-lag. Casi seguro –me temo– lo que va a ocurrirme con la españolada que Woody Allen ha venido a filmar a España. Porque digamos que, de entrada, la cosa no pinta muy bien: turista norteamericana (Scarlett Johansson) seducida por pícaro local (Javier Bardem) con novia muy celosa (Penélope Cruz). Ya me los imagino: entrando y saliendo y corriendo por callejones del Barrio Gótico. Parece que el personaje de Bardem iba a ser –en principio– un torero; pero consejeros catalanes convencieron a Woody Allen de que lo convierta en pintor. Es que Barcelona es la ciudad menos taurina de la península y hasta el muy anunciado y reciente retorno del matador misterioso José Tomás fue recibido a regañadientes por los locales. No sé, no sé... No sé si tengo ganas de ver a una rubia hablando rápido junto a la Sagrada Familia: seguramente la obra más lenta en toda la historia de la arquitectura moderna.

CUATRO Y tiene gracia eso de que el gran Hommo Manhattaniensis –por obligación o decisión– se haya convertido en un cineasta nómade cruzado con agente de viajes como aquellos antiguos directores a sueldo de los grandes estudios paseándose por Río o por París en busca de color local a sublimar en technicolor. Y lo cierto es que Barcelona se ha rendido a sus piecitos: millonario fondo de subvención salido de la arcas públicas (con la excusa de promocionar una ciudad a la que lo que le sobran son turistas alcoholizados y pedaleando a toda velocidad por las veredas), cierre de calles emblemáticas y de atracciones fetiche (los otros días Woody Allen anduvo filmando por las Ramblas y dentro de La Pedrera), escenificación de fiestas tradicionales fuera de fecha (un correfoc) y encendidas declaraciones de Jaume Roures –productor– refiriéndose a los contratiempos urbanos causados por el rodaje. “La ciudad y el país han de promover estas cosas, que favorecen a hacer un gran spot publicitario de lo que es Barcelona y Catalunya y que verán cien millones de personas”, dijo Roures. Y me parece que alguien le exageró un poquito a Roures el número de espectadores que suele pagar la entrada para ver una película de Woody Allen.

CINCO Y me pregunto cuál es el siguiente paso, la siguiente parada. No lo veo en la Bombay de Bollywood ni en la Corea ultraviolenta y mucho menos en la Caracas del Bolívar Reencarnado. ¿Buenos Aires? No me parece improbable. Sobre todo ahora que nieva y que puede presentar copos a la altura de los de los copos dinásticos de Iván El Terrible, los copos irrecuperables de El ciudadano, los copos amorosos de Doctor Zhivago, los copos epifánicos de Edward Scissorhands, los copos criminales de Fargo y los copos woodyallenianos que, si mal no recuerdo, caen sobre Alvy Singer y Hannah y los suyos. Buscar locaciones en el Malba, en La Biela, en Palermo Hollywood o, mejor, crear rápidamente un Palermo Woody. Sobran actores y actrices que se educaron viendo las películas de Woody Allen y que –sometidos a previo tratamiento y entrenamiento– no tendrán dificultades para superar la extrañeza de tener que memorizar líneas de un guión donde no figurarán las palabras boludo y pelotudo.

¿Y de qué trataría una hipotética película “argentina” de Woody Allen? Supongo que de psicoanalistas judíos, de psicoanalizados ateos, de amantes jóvenes y de ex esposas curtidas, de envidias entre intelectuales, de familias disfuncionales, de cosas así...
Y tal vez entonces –sin imaginarlo en el más imposible de sus sueños, sin esperarlo ni habérselo propuesto– Woody Allen habrá vuelto, por fin, a casa.

15.7.07

La fiscalía berlinesa permitió el robo de niños en épocas de dictadura

Otra vez la impunidad por la Mercedes Benz Argentina y el Estado alemán


Por Gaby Weber



El gerente de Mercedes Benz en épocas de la dictadura, Juan Ronaldo Tasselkraut, no sólo entregó los activistas de la fábrica a la represión que nunca más aparecieron. En su familia hay tres chicos apropiados que probablemente sean hijos de desaparecidos. Estos chicos fueron inscriptos como hijos suyos, basado en partidas de nacimiento groseramente falsificadas, la República Federal Alemana les otorgó la ciudadanía alemana y se resiste hasta hoy en día de averiguar de donde y de quienes son estos chicos.

Yo hice por este crimen dos denuncias penales, una en Argentina y otra en Alemania. Primero en Argentina, presentando las partidas de nacimiento falsas, donde figuran parteras que trabajaban en Campo de Mayo y que están involucradas en otras apropiaciones de chicos de desaparecidas. Estas parteras, hasta hoy, siguen trabajando en sus profesiones. Y los juicios - uno radicado en el Tribunal de San Martín y otro en Capital - no avanzan.

Según la ley argentina y la Convención Internacional del Niño, estos delitos no prescriben. Como Tasselkraut es alemán, pudo dar la ciudadanía a sus hijos y lo hizo con las partidas falsificadas. En el 2004, yo me presenté en la Embajada Alemana en Buenos Aires, con la intención de entregar a los funcionarios las partidas falsificadas y pedir una investigación como fue posible el otorgamiento de la ciudadanía. No recibieron los documentos y se negaron a cualquier investigación.

Un año y medio más tarde, la “Coalición contra la Impunidad” organizó un acto en el Parlamento de Berlín para conmemorar los 30 años de dictadura en Argentina e invitó a varias personas de Argentina, entre ellos el Premio Nóbel Adolfo Pérez Esquivel, Luis Mattini, Maristella Svampa y a mí. Participaron también dos funcionarios de la Cancillería alemana a los cuales yo pude entregar públicamente las partidas de Tasselkraut y ellos, frente a un público indignado, se comprometieren a investigar.

Pero no pasó nada, y al año, Amnistía Internacional preguntó en la Cancillería por las razones de la inoperancia. La respuesta: los chicos no tenían ningún interés en averiguar sus orígenes y con eso, así argumentaron, no había ningún motivo para las autoridades alemanes en tomar una acción. En marzo de este año, hice una denuncia penal en la Fiscalia de Colonia contra Tasselkraut, contra el personal de la Embajada alemana en Buenos Aires y contra los funcionarios de la Cancillería alemana, contra los últimos por encubrimiento de un delito, por que las partidas falsificadas siguen estando vigentes y probablemente son aceptadas para nuevos pasaportes.

Para mi, debería estar en el interés de los chicos el “blanquear” su situación, en conseguir partidas de nacimientos correctas y legales en vez de andar con papeles falsificados por el resto de sus días. Pero el señor Tasselkraut obviamente ha preferido, para protegerse él y a los que hicieron posible la apropiación de los bebés, la muerte de sus madres y utilizar la infraestructura falsificadora de la dictadura.

Nunca pensó en el bien de estos chicos. Si estos jóvenes quieren mantener la ciudadanía alemana, pueden hacerlo, legalizando su situación. Pueden pedir partidas legales, y con estos recurrir a la posibilidad que les ofrece la ley alemana: Tasselkraut los puede adoptar a pesar que ya son adultos y darles su ciudadanía de manera legal.

La Fiscalía alemana decidió ahora, tomándose el tiempo de una semana, de no abrir una causa. Para ella, la falsificación de las partidas prescribió y no quiere investigar si estos documentos son utilizados hasta hoy. Así el robo de niños queda blanqueado.

Se fue un tipo extraordinario

Su documento de identidad decía que mi viejo nació un 25 de agosto de 1933, aunque en realidad su cumpleaños era el 23 de agosto, se ve que ...